SERVIR O SALVAR: COMPROMISO SOCIAL DE EVANGÉLICOS
CHILENOS,
1990-2014
Evguenia
Fediakova[1]
Resumen
Durante los últimos 20 años en el
mundo evangélico de Chile tienen lugar importantes transformaciones del espacio
religioso. El templo como una estructura construida deja de ser el principal
lugar para oración y el desarrollo de actividad religiosa, dando lugar a otras
formas de expresión de las creencias que no necesariamente son eclesiales. Por
una parte, los evangélicos y pentecostales que no se sienten representados en el estrictamente delimitado mundo de la
iglesia, lo abandonan para ejercer su religiosidad de otra manera: participando
en grupos de debate interdenominacionales, ONGs de ayuda social o en centros de
estudios políticos. Por otra, se disminuye la influencia de la religión formal,
abriendo el espacio para distintas expresiones extraeclesiales y formas del
“cristianismo sin religión”. El mismo concepto del “templo” cambia de
significado, convirtiendo a un espacio de culto cualquier lugar de comunicación
directa entre el creyente y el Dios.
Esta diversidad de espacios religiosos evangélicos tiene importantes
implicancias para relaciones de los
cristianos con la sociedad, con mundo político y universitario, así como para la evolución de la identidad misma
evangélica y pentecostal.
Palabras clave
Evangélicos, pentecostales, espacio religioso, cambios político-sociales
Introducción
En
nuestros artículos anteriores hemos tratado de mostrar los profundos cambios que están experimentando las
iglesias evangélicas y pentecostales en Chile: socio-económicos, educacionales,
generacionales, políticos. Pero siempre hemos hablado sobre la población
creyente, comparando entre sí sus distintas categorías. Sin embargo, analizando
nuevos fenómenos que siguen surgiendo en el mundo confesional, vamos a tratar
de verlos desde otra perspectiva: la de espacio, desde la tensión entre las
estructuras sólidas y las formas difusas, casi invisibles de practicar la espiritualidad,
desde la perspectiva del Lugar, donde los creyentes practican y expresan su fe.
Históricamente,
la práctica religiosa del pentecostalismo chileno, desde el momento de su
surgimiento en 1909, se expresaba, principalmente en formas: el culto, adentro
del templo, y afuera, como canto religioso y la prédica evangelizadora en la
calle. Es decir, manifestar su fe en un espacio fuera de la iglesia no es nada
nuevo para el movimiento evangélico y pentecostal. Sin embargo, durante los
últimos años se nota la disminución de las prédicas callejeras, sobre todo en
los sectores rurales. Por el contrario, la presencia pentecostal se observa
cada vez más fuerte en la universidad (tanto entre los estudiantes como e
profesorado), entre los profesionales, movimientos políticos y en las redes
sociales. Por esta razón, el espacio evangélico “fuera de la iglesia”, “en la
calle” por sus formas y contenidos está totalmente distinto a lo que era su
presencia pública hace un siglo.
La
transformación del espacio físico de la religión no es un fenómeno
exclusivamente evangélico. Varios sociólogos y cientistas políticos del mundo
hablan sobre el debilitamiento de la religión cristiana y la caída de
influencia de la iglesia. Pero las encuestas demuestran que si el número de
creyentes disminuye, los niveles de religiosidad siguen siendo muy altos,
inclusive en la secularizada Europa. Para catolicismo, Cristián Parker (2008,
301) llama este fenómeno de “ser católico a mi manera”. En el caso del
evangelismo estadounidense, R. Putnam (2010) lo denomina “cristianismo light”.
Para nuestro estudio del pentecostalismo chileno, nos parecieron especialmente
sugerentes las observaciones que publicó en su libro el conocido filósofo ruso
Mijail Epstein “Religión después del ateísmo. Nuevas posibilidades de teología”[2],
refiriéndose al cristianismo ortodoxo.
. En este libro el autor demuestra que
tras la caída del comunismo en el país tiene lugar el explosivo crecimiento de
religiosidad. Pero no se trata de cristianos
ortodoxos (41% de la población rusa[3]), sino
que del número cada vez mayor de creyentes sin confesión (hoy en día 25%)[4]. M.
Epstein denomina esta tendencia como “religión pobre”, por analogía con el
“teatro pobre” de J. Grotowski[5].
Según el director polaco, en este teatro no hay escenario, ni trajes, ni
máscaras, ni escenografía: los actores viven simplemente al límite de su
humanidad, involucrando a los espectadores al proceso de espectáculo.[6] La
“religión pobre” también tiene nada más que el hecho de estar presente
directamente frente a Dios. No hay templos, ni rituales, ni dogmas, sólo hay el
diálogo con el Dios aquí y ahora, cara a cara. En este contexto, el término
“pobre” no es peyorativo, sino que todo lo contrario: sostiene el vínculo entre
el ser pobre, desposeído, y el sacrificarse, es decir, tener fe en Dios. Se
trata de las creencias supraconfesionales, basadas en el espíritu y no en los
objetos. Para Epstein, la fe centrada en objetos materiales o en dogmas es una
superstición, idolatría, cuando la fe en Dios vivo es reemplazada
por la fe en un ritual. El filósofo plantea que en cada confesión existe un
profundo núcleo de la fe, al cual ninguna idolatría es capaz de tergiversar. Se
puede pertenecer a cierta iglesia y al mismo tiempo salir fuera de los límites
de ésta, entrando a veces en relaciones dramáticas con su pertenencia
confesional. Un creyente cristiano no puede rechazar su legado histórico y
cultural, pero a veces le cuesta permanecer dentro de sus muros eclesiales. De
ahí proviene la contradicción entre la confesión y la consciencia
supraconfesional, o, como dijo Carlos Barth, la contradicción entre la fe y la
religión[7]. La
última como sistema de doctrinas y rituales tiene el derecho a existir siempre
y cuando rechaza permanentemente a si misma, en vez de fortalecer a sus muros y
decorar a sus catedrales. Concluye Epstein que la principal fuerza motriz del
ser humano es el espíritu, y por eso para la mayoría de los creyentes
contemporáneos el problema no es creer o no creer, sino que cómo creer:
eclesialmente o extraeclecialmente, ritualmente o aritualmente. En esto
consiste el drama espiritual y la historia de cada alma: se trata no solamente
de la lucha contra la no creencia, sino que de la lucha la fe contra la
religión organizada y a veces estatizada.
Esta nueva experiencia de expresar
la fe fuera de los muros de la iglesia, es sumamente relevante para el caso del
evangelismo y pentecostalismo chileno. Históricamente las comunidades de estas
confesiones se caracterizaban por el aislacionismo social y apoliticismo,
rechazando todo contacto con la sociedad, esfera pública, universidad secular,
cultura letrada. La iglesia, el templo, ha sido su principal lugar donde ellos
pasaban la mayor parte del tiempo libre, donde estaban sus familias y sus
amigos, todos los asuntos de vida personal, social, laboral se expresaba y se
explicaba exclusivamente a través del lenguaje bíblico. Los muros del templo
han sido las murallas de protección y de limitación de la identidad
pentecostal.
Sin
embargo, durante los últimos años el espacio evangélico está experimentando
importantes cambios. Los muros, las estructuras sólidas están desafiados por
otras formas de construir e espacio religioso: más blandas, más flexibles,
estéticamente diferentes. El Templo permanece de pie, pero el espacio interno ya
no basta, al igual como ya no es suficiente tener el lenguaje solo religioso.
Las nuevas generaciones evangélicas buscan “rechazar” su religión, para renovar
su fe y superar los límites que establecen los muros del edificio sagrado.
Nuestra principal hipótesis consiste en que en el proceso de constante
multiplicación y diversificación del mundo evangélico, el Templo sigue siendo
principal concepto que identifica la identidad religiosa, pero ahora el Templo
no es un edificio, sino que el mundo, o mejor dicho, el Creyente que puede
estar frente a Dios en cualquier parte. Sostenemos ya la ampliación del
“Templo”, es decir., la idea de que para un creyente cualquier espacio es
religioso (Señor Omnipresente), determina la mayor apertura de creyentes hacia
el mundo externo, os incentiva a participar en la política y trabajar para la
sociedad, siendo cristiano, pero no evangelizador.
En el presente artículo vamos a
demostrar, qué nuevas tendencias han surgido en el pentecostalismo chileno
durante la última década y cómo la formación de nuevos espacios confesionales
pentecostales en Chile también lleva al surgimiento de fenómenos extraeclesiales
y supraconfesionales, de los cuales habla M. Epstein.
Evangélicos en Chile post 1989:
nuevas tenciones y desafíos
En nuestras investigaciones
anteriores (E. Fediakova: 2004, 2007, 2010) sosteníamos que junto con cambios
políticos, económicos, tecnológicos, sociales, culturales que tuvieron lugar en
la sociedad chilena durante los últimos 20 años, la comunidad cristiana no
católica también cambió. Los evangélicos y pentecostales chilenos ya no viven
en un “mundo aparte”, como ocurría hace un siglo, sino que se sienten parte de
la sociedad y constituyen una importante ciudadanía cultural, consciente de sus
derechos y estatus jurídico como minoría religiosa, pero consciente también de
sus responsabilidades como ciudadanos. La población evangélica sigue siendo
mayoritariamente pobre, pero ahora su pobreza es muy distinta a la que existía
en 1990, gracias al aumento significativo de estándares de vida, con la canasta
de consumo transformada que ahora incorpora no solamente productos básicos de
supervivencia, sino que tales componentes como destino de vacaciones y
productos computacionales. Los grandes esfuerzos que emprendían los gobiernos
democráticos para convertir a Chile en
el país desarrollado también se reflejaron en niveles de vida de los
evangélicos y el ambiente material que los rodea. Según sostuvo un pastor
pentecostal
“si a principios del siglo pasado éramos muy pobre, pero ahora la
iglesia dejó de ser pobre. Antes todo el Rapto, entonces la economía no
importaba. Pero ahora llegó el capitalismo, y nos pusimos a preocuparnos por
tamaño del templo, por su belleza. Comenzamos a cambiar el piso de cemento por
el piso flotante, después lo cubrimos con alfombras, pero olvidamos de Jesucristo.
Ahora no podemos solo esperar (la Segunda venida), tenemos que estar preparados
para vivir en la vida real” (grupo focal con pentecostales adultos, 20 de
diciembre del 2013).
Desde la experiencia histórica, las iglesias pentecostales, al igual
como toda la sociedad chilena, tuvieron que pasar por su propio proceso de
transición y democratización. Gran parte de las iglesias y pastores fueron
duramente cuestionados por el apoyo que
expresaron al gobierno de Pinochet y mantuvieron silencio sobre las violaciones
a derechos humanos después del golpe de 1973. Algunas iglesias hicieron mea
culpa por su pasividad e indiferencia política y humana durante la dictadura
militar, otras perdieron varios creyentes jóvenes que no podían entender, cómo
la iglesia que profesa el amor al prójimo, no levantó la voz para
denunciar la violencia y tortura.
Los evangélicos y pentecostales están en mayor contacto con el mundo
externos a través de cambios educacionales: casi 40% de los evangélicos
constituyen la primera generación universitaria o profesional en sus familias,
a diferencia de 4% en 1991 (A. Fontaine, H Beber, 1991). La cifra es menor que
el mismo índice para toda la sociedad chilena (70% de estudiantes
universitarios provienen de familias sin educación superior). Hasta las
iglesias más cerradas y conservadoras de antaño (como, por ejemplo, la Iglesia
Evangélica Pentecostal) envían a sus creyentes jóvenes a la universidad en
busca de mayor influencia y competitividad en el mundo moderno.
Finalmente (y este es un cambio propio para el mundo evangélico y
pentecostal), durante los últimos 20 años tuvo lugar un notorio aumento de
estatus social y de reconocimiento de esta minoría religiosa. Esta tendencia se
refleja en que ahora, tras la aprobación de la Ley de libertad de culto
(1999), las iglesias evangélicas y
pentecostales pueden recibir el mismo estatus jurídico que tiene la Iglesia
Católica. Celebran el día 31 de octubre como Feriado Nacional de protestantes y
evangélicos; hoy en día ser pentecostal
dejó de ser algo exótico y excluyente, sino que esta creencia es tan aceptada
por la sociedad (y por la academia) como el catolicismo o agnosticismo.
Creemos que estas tres tendencias
(aumento de nivel socio-económico, formación de la generación universitaria y el
hecho de sentirse incluidos en la sociedad) son principales factores de
aparición de las nuevas tendencias y formas religiosas, y de transformación del
espacio religioso tradicional.
Cambios generacionales
Otro cambio importante que tiene
lugar en el mundo evangélico, es el generacional, que inclusive nos incentivó a
hablar sobre el “choque de generaciones” (E.Fediakova, 2014). En gran medida esta tensión es provocada por
la disparidad de nivel educaciones de los creyentes más jóvenes (universitarios)
y los pastores tradicionales que no poseen mayor formación ni teológica, ni
secular.
El mundo de la universidad es nuevo y difícil para los jóvenes
creyentes. Es un “universo” mucho más diverso, pluralista, heterogéneo y
multilateral que monocromático “espacio” de la iglesia. En nuestro trabajo con
grupos focales (agosto-diciembre del 2013), más de una vez los universitarios
pentecostales hablaron sobre el “choque cultural” que experimentaron al salir
de la iglesia y entrar a estudios de pregrado. En la universidad, se encuentran
con otras maneras de pensar, de relacionarse con la sociedad, con otras formas
de tener fe o con el hecho de no tenerla. En muchas ocasiones, jóvenes
evangélicos no tienen herramientas ni lenguaje secular adecuado para debatir
con sus compañeros que provienen de otras culturas, más abiertas, y van
ampliando su mundo a través de las nuevas lecturas, conversaciones y conflictos
del mundo universitario, aprendiendo a opinar no bíblicamente. La dinámica
misma de la vida universitaria incentiva a los evangélicos a fortalecer su
participación en la sociedad, expresar sus exigencias en las marchas
estudiantiles (aunque no todos las apoyan), aprender a dialogar con otros
actores políticos y religiosos. En el
mundo universitario, participan en Centros de alumnos, en movimientos
interdenominacionales y aprenden, que la sociedad fuera de la iglesia por la
definición es interdenominacional. Creemos que la irrupción de la educación
superior al mundo pentecostal trae cambios fundamentales a la evolución
posterior de este sector religioso, que tradicionalmente ha sido adverso a la
letra escrita y a la universidad. Como sostuvo uno de los participantes de
grupo focal con pentecostales universitarios, “hemos aprendido que la
universidad no es de demonio”.[8]
Como consecuencia de de esta
experiencia de afuera de los muros eclesiales, surgen problemas entre los
jóvenes y las autoridades tradicionales de las iglesias. Los jóvenes
evangélicos y pentecostales con mayor educación cuestionan a sus pastores por
pretender tener el monopolio a interpretar la Biblia, a sugerir cierta postura
política durante las campañas electoriales, a no respetar las normas de
probidad. En algunos casos, enfrentan a los pastores directamente, pero la
mayoría mantiene silencio, aunque defiende su derecho a opinar distinto. Muchos
jóvenes sostienen que “no tienen espacio en la iglesia”, que “no los pescan”,
que no tienen cabida en la comunidad religiosa tradicional. Como sostenía el
filósofo presbiteriano Manfred Svensson, “lo más difícil es que el pastor no
puede acostumbrarse a las preguntas (que hacen los jóvenes), el pastor tiene
que adaptarse. La nueva generación de evangélicos es más difícil que la
primera. El pastor no puede con ellos (los jóvenes de 20-25 años)”.[9] Los
pastores tradicionales no tienen respuestas a los nuevos desafíos educacionales.
En todo caso, el aumento del número de estudiantes evangélicos y
pentecostales en las aulas universitarias es un hecho, e incluso las iglesias
más conservadoras y de antaño adversas a la educación secular envían a sus
jóvenes creyentes a la universidad para ampliar su estatus e influencia y
competir con las culturas religiosas más
abiertas. Creemos que a mediano plazo esta tendencia podría cambiar las
características de liderazgo dentro de las iglesias, así como la actitud de
pastores hacia los creyentes. La creciente cantidad de publicaciones analíticas
evangélicas en distintas disciplinas científicas y cada vez más visible
presencia de académicos evangélicos con títulos de postgrado en las
universidades y centros de estudios del país nos permite hablar sobre el
comienzo de la formación de la intelligentzia evangélica nacional, tal
como lo predecía D. Martin (1998).
Postcristianismo
y Evangelio de la calle
Los resultados del enfrentamiento generacional son diversos. Como
planteamos en la Introducción, los nuevos intelectuales pentecostales no pueden
romper por completo con su tradición religiosa, pero sienten la necesidad de
salir fuera de su templo, y se involucran en la vida política y/o movimientos
sociales. La universidad fortalece el compromiso de los jóvenes con la
sociedad, fomenta el desarrollo de la conciencia social, y los evangélicos
universitarios llevan esta conciencia a la iglesia, incentivando a los hermanos
a ser más solidarios, más atentos a los problemas del país, a involucrarse más
con el debate público nacional, a traspasar los muros del tempo y “s “estar
menos en el templo y más, en la calle” (Entrevista con Edgardo Pizarro, 14 de
enero del 2013). Nos parece muy ilustrativa la consigna, bajo la cual funciona
uno de los grupos evangélicos más vinculados con la política secular: “Ser
ciudadanos en la iglesia y creyentes en la sociedad”.[10] Como
podemos concluir, en estos casos no se podría hablar de un “cristianismo
light”, sino que, al revés, de un cristianismo profundo, pero estrechamente
ligado con el servicio al prójimo, a la solución de problemas concretos de la
sociedad. Como sostuvo un estudiante pentecostal, “antes la iglesia ha sido
Jesucéntrica, y ahora se convirtió en “antropocéntrica, porque el verdadero
Jesús está no en el templo, sino que
fuera, con la gente” (Grupo focal 3, Santiago, 15 de noviembre del
2013).
Por otra parte, sin
que el culto y el templo dejen de ser las principales formas de expresión religiosa,
aparecen nuevas maneras de ejercer la fe. En algunas ocasiones, los jóvenes
evangélicos que aseguran no tener cabida en la comunidad religiosa, la
abandonan y se dedican al trabajo comunitario, “siendo cristiano, pero sin iglesia”.
Al mismo tiempo, la iglesia y la doctrina son las piedras angulares de la
identidad de los jóvenes creyentes, el templo es su hogar, pero de repente
encuentran que sus límites les quedan demasiado estrechos. De ahí, los
universitarios evangélicos y pentecostales forman diversos grupos de debate,
movimientos interdenominacionales, generan espacios de reflexión y revistas
electrónicas, utilizando las posibilidades que ofrecen redes sociales de
Internet. Así, por ejemplo, desarrolla sus actividades el grupo Observatorio
Iglesia y Sociedad (OIS), dirigida por jóvenes bautistas, que es muy atento a
los principales problemas políticos y sociales de Chile y que en 2013 organizó
varios seminarios y conversatorios dedicados a la memorización de los 40 años
del golpe militar en Chile. En el Facebook se destaca el grupo de reflexión
ética y política “Oykonomos” organizado por jóvenes académicos evangélicos y pentecostales
de distintas iglesias, y la revista electrónica “Estudios Evangélicos”, que
aborda importantes tema políticos, teológicos, morales y de contingencia
nacional. En general, Internet se convirtió en una de las principales
herramientas de información, contactos y comunicación para los jóvenes
pentecostales (para todos los jóvenes), pero para los cristianos evangélicos
tienen una connotación especial – tienen la capacidad justamente de derribar
los muros de templo. Como sostuvo un participante del Seminario sobre arquitectura
evangélica (estudiante metodista pentecostal), “antes teníamos al pastor, y no
había nada. Ahora tenemos Internet, y hay de todo” (Instituto de Estudios
Avanzados, 15 de enero del 2014). A diferencia de las iglesias, el espacio
virtual por definición es espacio para la gente joven.
Por otra parte, el “cristiano light”
o “postcristianismo” también tiene lugar en Chile. La religión estructurada,
institucionalizada, distante a la gente, pierde el acceso a las almas de los
creyentes. Según la expresión de M. Svensson, “cada vez más nos ponemos cristianos
nominales”. Las personas que se sienten creyentes cristianos ahora no van al
templo a orar, sino que buscan compañía, amigos, pasar bien el tiempo,
reflexionar, pero no teológicamente.
Hemos encontrado a grupos que aparentemente practican las formas
neocristianas o postcristianas para expresar sus creencias. En algunos casos se
puede hablar sobre las expresiones
supraconfesionales de la fe, cuando el Templo pierde importancia, al igual como
rito de oración. En la mayoría de los casos se trata de grupos constituidos por
jóvenes profesionales, algunos con estudios de postgrado, procedentes de clase
media y media alta. El dirigente del movimiento Grupo Bíblico Universitario
(GBU), Dr. en biología Gustavo Sobarzo, insiste en la necesidad de prestar
mayor atención a los problemas prácticos que preocupan a los universitarios y
en “no hacer culto”.[11]
El psicólogo Luis Cruz, pastor de la Iglesia Presbiteriana Coreana, dirige una
comunidad joven profesional que no tiene templo, sino que arrienda una sala en
Vitacura, uno de los barrios más acomodados de Santiago. Sostiene que para sus
creyentes los rituales, la espiritualidad no son relevantes. Según el pastor,
“es un cristianismo sin religión, sin dogmas, sin ritos”, sin usar los
distintivos clericales, “porque no tienen sentido”.[12] Según el
pastor pentecostal Richard Castillo, ingeniero electrónico, los evangélicos no
pueden “estar sentados en la iglesia, porque todos los problemas del mundo
están afuera”. Dirige el Grupo de Ayuda Solidaria Unido /GASU) que se dedica a
llevar alegría a los niños enfermos (risoterapia). Plantea que cuando van a los
hospitales, “tratamos de no orar, porque consideramos que nuestra oración puede
ser ofensiva para la gente no creyente. A algunas personas les falta oración,
entonces tenemos una oración inclusiva. Nuestra oración no es nada religiosa,
lo que propone es mucha energía”.[13]
Plantea que para él sacar sonrisa a un niño enfermo vale mucho más una liturgia
formal y que eso es más cristiano que una oración (ibídem).
Por su parte, el sociólogo y teólogo bautista Víctor Rey, lo más
importante es la comunidad, no la iglesia. El fundador de la Comunidad de
Reflexión Ecuménica (antes, Evangélica, CREE), sostiene que en América Latina
los “himnos con contenido, liturgia ordenada, lo que es espiritualidad ya no van.
Lo más importante es “compartir algo de la vida, la fe en Jesús, es ayudarse,
acompañarse, tolerarse, estar juntos. (...). Somos gente sediente de comunidad,
que busca superar la soledad y un sentido de vida”. Su grupo propone ofrecer un
Evangelio de postmodernidad, con liderazgo compartido, con liturgia creativa,
más lúdica y renovada, bajo el cielo abierto. Ser iglesia es una forma de tener
amigos, es un club de amistades y ayuda al hermano. Opina que la estética es
muy importante para este tipo de “celebrar el culto a la orilla de un río “por
que si no hay belleza, la gente no va”. Según V. Rey, el cristianismo
postmoderno necesita más sillones en vez de las bancas.[14] Estas
formas postmodernas de cristianismo a veces rechazan la institución de los pastores,
o practican el pastorado horizontal en el cual no hay jerarquía, o bien llevan
en práctica el principio evangélico de sacerdocio universal. Tal como plantea
M.Epstein, muchos jóvenes cristianos chilenos, al igual como rusos, están
dejando el concepto de la religión y se concentran en comunidad y en las
creencias dinámicas y profundas. “No somos religiosos, - explican sus líderes,
- tenemos comunión con Dios” (Entrevista a Edgardo Pizarro, citada”.
Hay que destacar que todos estos
movimientos, cuyo objetivo es ganar el espacio juvenil, están muy bien
adaptados a los gustos de la juventud de la era neoliberal y a las exigencias
del mercado. En este caso, sí se puede hablar de la existencia del “mercado
religioso”, cuando el mensaje cristiano está dirigido no al alma o la razón,
sino que a los gustos de los jóvenes (en la competencia religiosa “aquí hay
varios platos, a ver, qué te gusta” (Entrevista con Horacio González, líder del
Movimiento Especialidades Juveniles). Estos fenómenos son dinámicos y muy
modernos y experimentan claramente la influencia estadounidense: sus líderes y
pastores tienen el mismo estilo de vestimenta que los evangelistas
anglosajones, en las reuniones se toca la música rock o country, los
instrumentos musicales son baterías y guitarras eléctricas y la decoración de
las salas de reuniones se asemeja más al ambiente de una discoteque que al de
un tempo cristiano. Las oraciones son lúdicas y bailables que se desarrollan
bajo las imágenes de las motos de última generación y las consignas “Jesús es
mi GPS”. La estética y escenografía los congresos, seminarios y campañas, que
organizan estos grupos “postcristianos” imitan las estrategias de marketing de
las compañías transnacionales más exitosas como Apple, Microsoft y Sony,
repitiendo a sus presentaciones en Power point hasta los colores y gráfica de
estas firmas. Por otra parte, hay que recalcar que estas tendencias son muy
incipientes, por ahora no pueden ni pretenden reemplazar el rol que tienen las
iglesias y las autoridades tradicionales. Su estilo y experiencia marcados por
clara influencia estadounidense preocupa a los teólogos pentecostales
nacionales y pueden resultar hasta chocantes (según hemos observado) para los jóvenes
evangélicos y pentecostales, sobre todo no santiaguinos, cuando llegan a
participar en algunos congresos cristianos. Sin embargo, desde nuestro punto de
vista, hay una tendencia positiva
que caracteriza a los grupos
supraconfesionales: a diferencia de las iglesias pentecostales tradicionales,
tratan de ser inclusivos, no excluyen de la comunidad a la gente que tiene la
opinión diferente, y no juzgan a las personas por su apariencia o la
orientación sexual no tradicional.
Evangélicos y espacios políticos
En la opinión pública chilena
persiste el estereotipo de que la población evangélica y pentecostal
políticamente es de derecha y de posturas autoritarias. Esto, antes que nada,
esta vinculado, por cierto, con el estilo paternalista y autoritario que aún mantienen
algunos pastores, sobre todo en las iglesias pentecostales tradicionales. La
percepción fue fortalecida por el hecho de que en 1975 un importante número de
pastores firmó la carta de apoyo al gobierno militar de A. Pinochet. Sin
embargo, lo único que se puede afirmar al respecto es que ninguna
generalización es posible, dada la inmensa diversidad de iglesias, grupos,
movimientos evangélicos que además están
en permanente proceso de división y multiplicación. Nuestra encuesta del 2008
(IDEA, FONDECYT N 1060988) arrojó resultados de que 73,6% de los evangélicos
políticamente se identifican con el “centro”, mientras que los simpatizantes
con la derecha y con la izquierda constituyen un poco más de 8% por cada una (E.
Fediakova, 2013, 96). Más de 32% de nuestros encuestados sostiene que no haya
partido que los represente, y 12% no sabe con qué partido político podrían
indentificarse (Ibidem, 97). Los evangélicos y pentecostales, siendo la
principal minoría religiosa del país, son el público obligatorio para los
candidatos en todas las campañas electorales. Sin embargo, son electores conscientes,
y no necesariamente siguen las posturas de sus pastores, ni siquiera en los
casos, cuando les indiquen directamente, por cual candidato habría que votar.
Si los evangélicos presentan sus propias candidaturas, su participación
política es transversal, pues se vinculan con todos los partidos políticos,
desde la Unión Demócrata Independientemente (extrema derecha) hasta el Partido
Socialista (conocemos algunos hermanos pentecostales comunistas, pero no
tenemos datos si alguna vez habían presentado sus candidaturas por este
partido). Las entrevistas y grupos focales realizados en el transcurso del 2013
demostraron mucho escepticismo y decepción que expresaban los respondientes en
cuanto al liderazgo político evangélico por falta de preparación de los
candidatos y por la tendencia a promover los intereses no nacionales, sino que
corporativos, cada uno de su iglesia. Hemos escuchado mucha crítica hacia los pastores que
pretendían presentar sus candidaturas electorales, mientras que nuestros
interlocutores sostenían que las autoridades eclesiales no pueden involucrarse
en la política, que tienen que dedicarse los asuntos de la iglesia y dejar la participación
pública a los creyentes laicos.
En las complicadas relaciones entre
los evangélicos y política, se pudo observar aspectos paradojales, sobre todo
en el segmento pentecostal. Si bien este sector religioso históricamente se
posicionaba como apolítico e incluso antipolítico, en las etapas de mayor
polarización ideológica de la sociedad chilena (la década de los 30, y, en
primer lugar, durante los años 60-comienzos de los 70 del siglo XX) muchos
creyentes llegaban a ser activistas sindicales y/o militantes de partidos
políticos de izquierda. Como bien sostenían E. Cleary y J. Sepúlveda (1998,
97-121), no hay nada sorprendente en este fenómeno, ya que la izquierda chilena
y el pentecostalismo siempre tenían la misma base social: la clase pobre, trabajadora,
excluida. No es casual que actualmente muchos estudiantes universitarios
pentecostales provienen de las familias de tradición comunista o socialista,
inclusive teniendo algunos de ellos el carnet del militante de uno de estos
partidos. El conflicto proviene del choque que se produce entre la identidad
política de jóvenes pentecostales y su identidad cristiana: políticamente, se
identifican con la izquierda, pero en cuanto a los temas éticos son muy
conservadores. Como sostuvo uno de los participantes pentecostales de grupo
focal, “en términos sociales perfectamente me vinculo en la posición más de
centro-izquierda. No obstante, en términos valóricos mi cercanía política se
encuentra más a la derecha, por lo tanto, yo no puedo entender con certeza, si
me defino de izquierda o de derecha”.[15]
Nuestras conversaciones posteriores con otros estudiantes pentecostales
demostraron que este conflicto interno entre las identidades es una característica
bastante común para esta generación. Quizás, esta es la razón, por la cual sus
compañeros más maduros dejan de militar en los partidos y se dedican a la
actividad comunitaria: ayudar a las personas más necesitadas, visitar a los
hospitales, crear de colegios y jardines infantiles, formar editoriales, ONGs
de trabajo social o de estudios políticos y fundar y escribir en las revistas
de debate político-social, lo que a menudo no permitido en las iglesias.
Hoy en día entre las posturas y actitudes de nuevas generaciones
evangélicas universitarias hemos observado tres tendencias principales: a) una
posición más “de izquierda”, con un comportamiento más secularizado y menos
centrado en la doctrina y ritual, con una dura crítica hacia el sistema
capitalista neoliberal y gran atención a los temas de la historia y política de
Chile; b) grupos de creyentes de centroderecha, también con gran participación
en el debate sobre los temas de contingencia nacional y que desarrollan una
dinámica actividad “profética” fuera de las iglesias; c) grupos
fundamentalistas, no necesariamente de derecha política, pero que son muy
conservadores doctrinal y éticamente y muy críticos a la democracia por la
diversificación moral y relativización valórica.
Como bien se sabe, uno de los libros
más influyentes de la sociología de religión evangélica en Chile es la investigación
de Ch.Lalive D´Epinay (1968), en el cual el sociólogo suizo planteó el
tema de la “huelga social” de los
evangélicos que cultivaban una postura pasiva y aislacionista hacia la política
y sociedad, ofreciendo un “refugio” para las masas excluidas, pobres y
marginadas. En este sentido, uno de los principales cambios que se están
produciendo en el mundo evangélico ahora consiste en que para las nuevas
generaciones evangélicas y pentecostales la iglesia deja de ser un “refugio” y
se convierte más bien en el “hogar” que les proporciona tradición y valores
cristianos y ayuda a salir fuera del templo, a ser más presente en el espacio
público. Además, como hemos tratado de demostrar, ya no son unos pasivos expectantes
de la Segunda Venida de Jesucristo. Se sienten ciudadanos de su país, “dejan de
dorar los templos” para crear ellos mismos el Reino de Dios ahora y en este
mundo. Creemos que justamente este fenómeno constituye el fundamento de la
multiplicidad de las formas de la participación evangélica y pentecostal: las
nuevas generaciones no pueden dejar sus iglesias por completo como parte
esencial de su tradición, pero, al mismo tiempo (tal como ya planteamos en la
Introducción) tienen que romper las fronteras, “rechazar” las estructuras institucionalizadas
para expresar su fe extraeclesialmente, renovarla y practicar no la religión,
sino que la espiritualidad viva.
Sin embargo, creemos que la otra
tesis de Lalive sobre la importancia de las iglesias evangélicas y
pentecostales como protección de la anomia mantiene su vigencia. La anomia
permanece debido a las condiciones en la cuales pone a la persona la sociedad
neoliberal, competitiva e individualista, crisis de ideologías y de partidos
políticos, desconfianza que experimentan los jóvenes hacia el mundo de los
adultos, crisis en la Iglesia Católica y el creciente relativismo ético a nivel
nacional y global. En el mundo postmoderno, donde todo es relativo y ninguna
verdad es absoluta, la religión, sea cristiana u otra, queda como una de las pocas esferas que aún
conserva certezas y ayuda al individuo a construir su propio yo y no perder el
sentido de vida. Con la muerte de “grandes narrativas ideológicas” para muchas
personas la religión queda casi como único espacio que construye y protege el nomos.
Conclusiones
Pese a aparición de nuevas
tendencias en el mundo evangélico y pentecostal, la iglesia, el templo, siguen
siendo la principal forma de expresión de la fe cristiana. Durante los últimos
20 años las iglesias evangélicas y pentecostales de Chile han demostrado su
gran flexibilidad y capacidad de adaptación a nuevos contextos políticos,
sociales y culturales. El divisionismo, al igual como antes, constituye una de las
principales características y factores de expansión de estas creencias en el
país, pero al mismo tiempo corresponde no solamente a las disputas por el
poder, sino también a una de las formas
de reaccionar a los nuevos intereses y exigencias de creyentes, signos de
renovación y adaptación a los cambios del mundo moderno. Las comunidades
evangélicas y pentecostales constituyen importante parte de la sociedad civil
chilena, siendo muy atentos y sensibles no a los problemas globales, sino
justamente a los “pequeños problemas” de “hombre pequeño”: las necesidades de
barrio, de salud, de bienestar psicológico, de familia, de lucha contra las
drogas. Son importantes formas de participación comunitaria y de acogida al
individuo que no siempre se siente interpretado por “política grande”. Sin
embargo, la creciente diversidad de “espacios religiosos alternativos” (como
militancia política, redes sociales o trabajo comunitario) demuestra que la
iglesia tradicional ya no es suficiente para las nuevas generaciones
evangélicas, y la gran cantidad de think tanks evangélicos de grupos y revistas filosóficas y políticas
on-line se debe justamente al hecho que jóvenes universitarios evangélicos no
tienen espacios de reflexión en las instituciones eclesiales, y buscan las
respuestas a sus inquietudes fuera de templos. Como sostuvieron algunos
participantes de nuestro focus group (23 de agosto de 2013), “con esta cantidad
de movimientos juveniles, culturales y sociales, el futuro de la iglesia está
en la calle”.
Las transformaciones del espacio
religioso evangélico que hemos tratado de presentar en este artículo, son muy incipientes,
abarcan un sector minoritario de los evangélicos y pentecostales y tienen
lugar, principalmente, en ámbitos urbanos y capitalinos. En las regiones y,
sobre todo, en sectores rurales, se mantienen las formas tradicionales de
profesar el Evangelio chileno. Sin embargo, claramente tiene lugar la
multiplicación y diversificación de los espacios religiosos (cuya gama se
variaría desde un templo con jerarquía pastoral vertical hasta un desteñido
asado con amigos) y de sus discursos políticos, sociales y culturales. Quizás,
la influencia de la religión estructura disminuye, pero crece la cantidad de
formas de sentirse cristiano, dentro o fuera de la iglesia.
Nuestra posterior investigación a seguir observando la evolución
posterior de los evangélicos, sobre todo de generaciones más jóvenes, pues
ahora resulta imposible aseverar que ellos conservarían las mismas posturas
políticas y religiosas cuando entren a la edad más madura.. No sabemos si estas
formas y movimientos son irreversibles. Sin embargo, son signos importantes de
la continua diversificación del campo religioso nacional (y, aparentemente,
global) y de que ya el monopolio a canalizar,
expresar y menos a dirigir la religiosidad de las personas y de la
sociedad ya no existe.
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[1] Ph.D en Ciencia Política,
Investigadora del Instituto de Estudios Avanzados de la USACH. El artículo está
redactado en el marco del proyecto FONDECYT
Nº 1130220 “Saliendo del “refugio de las masas”. Evangélicos chilenos y
su compromiso cívico-social, 1990-2010”.
[3] Encuesta del Fondo “Opinión
Pública” (FOM), muestra de 57 000 respondientes, junio-julio 2012.
[6] Entrevista a “Novaya
Gazeta”, Moscú, 9.10.2013, http://www.novayagazeta.ru/arts/60376.html,
visitado 09-10-2013, 01:53:00
[9] Entrevista del 4 de junio
de 2013, Universidad de Los Andes.
[10] Entrevista a Edgardo Pizarro,
Director de la Escuela de formación política evangélica Martin Luter King,
Santiago, 14 de enero del 2014.
[11] Entrevista 18 de julio del
2013, oficina de GBU.
[12] Entrevista 18 de abril del
2013.
[13] Entrevista 23 de julio del
2013.
[14] Entrevista del 22 de abril
del 2013. IDEA.
[15] Grupo focal 1, 2 de agosto
del 2013, Santiago.
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