Alexander Cabezas Mora
Miembro del Núcleo de la FTL, Costa Rica y
Coordinador de Relaciones Eclesiásticas de
Viva de América Latina
El 31 de octubre 1517 es la fecha que se conmemora la
Reforma Protestante. Este hecho nos recuerda el gesto de aquel monje agustino,
doctor en teología, Martin Lutero, quien luego de un proceso de reflexión y
lucha interna, decidió exponer sus ideas. Su intención original era convocar a
un debate teológico con los eruditos de su tiempo. ¡Estos fueron sus famosas 95
tesis! Lo cierto es que Lutero
jamás imaginó que las verdades expuestas
en esas cartillas, no solamente tendrían valor para el círculo académicos de
ese entonces, sino que saltarían como bandadas de palomas puestas en libertad,
impactando a todas las esferas de la iglesia y el pueblo, hasta nuestra actualidad.
Dichas acciones pronosticaban el cese de casi 300 años de
persecución y el advenimiento a tiempos de paz; pero en realidad era el
presagio de nuevas artimañas que amenazaban con desfigurar la identidad de la
Iglesia. Como reacción a esta alianza:
“Iglesia e Imperio”, se empezó a notar cambios que en nada contribuyeron a
fortalecer las bases del cristianismo; mientras la Iglesia se marchitaba por la
corrupción interna.
De la sencillez del culto y de la comunión del partir el
pan dentro de las casas, se trasladó a la construcción de edificios cada vez
más lujosos y ostentosos, así como los vestidos y las mansiones de los líderes
eclesiásticos, los cuales se aprovechan del pueblo que se hallaba sumido en la
pobreza espiritual y material. Y aquella
iglesia perseguida por siglos, llamada a servir al pueblo, se volvió servil y perseguidora
de aquellos que no comulgaban con sus ideales.
A través de la historia Dios mantuvo su remanente que
subyacía con los despertares y movimientos teológicos y pastorales, los cuales cuestionaban
el rumbo que había tomado la iglesia.
Claro está, esto implicó el señalamiento, la expulsión y hasta el
martirio de algunos. Este fue el caso de
Juan Huss, quien nació cien años antes que Lutero y murió quemado en la hoguera
anhelando ver una reforma en sus días.
Razón tenía el filósofo humanista, Erasmo de Rotterdam, a
pesar de mantenerse al margen de las ideas reformadoras y de la posición
papista, no se reservó su indignación por criticar los abusos que se estaban
dando en el seno de la Iglesia.
La Reforma Protestante representó la suma de todos esos
sueños y esfuerzos que marcaron un camino que permitió “desempolvar y abrir la
Biblia”, para hacer una relectura en medio de un contexto de decadencia política,
moral, ética y espiritual, para reclamar la gracia, la fe, la justicia y la
libertad, verdades básicas presentes en las escrituras pero desconocidas en las
manos de un pueblo ignorante a causa de sus mismos líderes.
A más de 493 años, es urgente seguir reflexionando con un
ojo puesto en la historia pero con el otro en nuestro presente y preguntarnos
¿Qué tanto de ese “espíritu de Reforma” consistente, vivimos hoy en día?
No es un misterio que atravesamos tiempos difíciles dentro
de nuestros contextos cristianos. Prueba de ello lo notamos en la proliferación
de diferentes corrientes que se han infiltrado, algunas con sigilo y otras
abiertamente en nuestras congregaciones y muchas veces lo ignoramos.
Es una vergüenza y un escándalo, escuchar por diferentes
medios de comunicación, de líderes de distintas expresiones de la fe, basadas
en el cristianismo, aprovechar sus envestiduras de poder para abusar de sus
gremios y no solamente de forma emocional o espiritual, sino también sexual. Lamentablemente quienes sufren son las
personas más vulnerables como los niños o las niñas. Lo triste son las exiguas denuncias no
realizadas por el temor a ser señalados o para evitarse un juicio por parte de
los “seudo ungidos”.
Hay una clara comercialización de un Dios que se ve en la
estrechez de someterse a nuestros mandatos y pactos de siembra y cosecha, pues
debemos “exigirle” que nos libre de la pobreza y de todos los males, siempre y
cuando hagamos nuestras transacciones financieras.
De todo este discurso los más beneficiados sin duda
alguna, son todos aquellos que están lucrando con la fe y se llenan los
bolsillos a costa de la confianza del pueblo, aunque poco a poco empezamos a
notar la disconformidad y el desencanto
del pueblo.
La exaltación y casi endiosamiento, de algunas personas
que dicen tener la exclusiva para hablar y ordenar en “nombre de Dios”. Las famosas estrategias que promueven el
manejo de la iglesia como si se fuesen micro o mega empresas y a sus miembros como si se tratara de productos
comerciales. La edificación de templos cada vez más lujosos e imponentes,
que son presentados con orgullo como “estatus del respaldo divino”.
Creo firmemente que Dios bendice y es hermoso reconocer
cuando el pueblo progresa de múltiples maneras pero cuando se promociona una
provisión mediática y exagerada, producto de la manipulación, el engaño, el abuso
y falsas promesas, se está torciendo las
verdades de la Palabra y en vez de honrar a Dios, nos estamos ganando su
repudio.
De todo este analfabetismo bíblico y olvido significativo
de la herencia de la Reforma, tenemos un camino y este es orar, estudiar con
seriedad las verdades de la Palabra de Dios y así levantar nuestra voz para denunciar esta decadencia tanto moral como
espiritual.
Para ello debemos aprovechar aquellos espacios que se nos
abren para hacer un llamado claro y directo en nombre del Señor.
Nuestras acciones deben estar dirigidas por el reto
global que tiene la iglesia y al mismo tiempo debemos pedir para que el mismo
Espíritu que contagió a los hombres y mujeres propulsoras de la Reforma, vuelva
a manifestarse en la actualidad en todos aquellos y aquellas que anhelamos una comunidad
de fe que busque exaltar a Jesús y su reino de justicia.
