viernes, 16 de septiembre de 2011

La Meta

Mijael Vera




Si hay algo en lo que la Torah es persistente es en la insistencia en el libre albedrío del Ser Humano oponiéndose a toda idea de predestinación y de determinismo. Esta idea es resumida en la siguiente fórmula: Ein Mazal leIsrael, no existe un destino astrológico para Israel. 


Por extensión, se desprende del texto una de las premisas fundamentales del Judaísmo: La historia no es escrita una vez y para siempre; ella puede sufrir cambios y orientaciones diferentes gracias a la acción de las personas. El Ser Humano no es objeto del destino y de la historia, ni menos de la mirada siempre dogmática de líderes de todos los colores.



El cambio, la transformación, en definitiva, la conversión es lo fundamental. Más aún en tiempos en que se debaten derechos de minorías, acuerdos de vida en común, discriminaciones varias, todas ellas evaluadas de manera facilista (y equívoca) con supuestas referencias bíblicas...mal traducidas, para peor. En la enseñanza bíblica no hay destino prefijado, ni medida, sino que la invitación al cambio profundo en las personas.


De hecho, cuando Di-s se le aparece a Abram y lo invita a mirar el cielo para tratar de contar las estrellas, diciendo: "Así será tu descendencia" (Bereshit 15), la Tradición talmúdica explica este pasaje así: Abram estaba destinado a no tener hijos pero he aquí que luego los tiene. Sarai estaba destinada a no tener hijos pero lo tiene. En la medida en que ambos intentaron escapar a su destino, el cambio de nombre vino a verificar un cambio de personalidad, de sentido.


Y he aquí que ya no tenemos a Abram, sino que a Abraham, de la misma manera que no tenemos a Sarai, sino que a Sara. Ha habido una transmutación de la personalidad, un cambio, un proceso significativo, tal como encontraremos con frecuencia sorprendente en todos los personajes de la Torah. Ninguno nace, vive y muere con la misma identidad. Ya sea que se les cambia el nombre (y, por ende, el estado profundo de su ser), o por una transformación paulatina y siempre importante.


¿Para qué sirve todo esto?, ¿Qué pide la Torah de cada uno de nosotros? ... ¡vaya que complejas preguntas!


De una manera sutil pero consciente, el texto parece que nos va marcando etapas de un proceso mayor que es la superación de las esclavitudes, los dogmas, las verdades absolutas que construimos por causa de la cultura supersticiosa, la necesidad de ídolos, la carencia de sentido propio, pero, por sobre todo, por el miedo a la Libertad.


No es tarea fácil ser libres en el sentido que la propia Torah nos indica. La sola tarea de hacer abstracción de lo que es divino, despojando a la idea de toda forma material, ya es una tarea complicada. Hasta parece haber generado angustia en los pueblos a los que les llegó el monoteísmo, pero que no pudieron hacer abstracción y continuaron venerando imágenes e ideas.


Tampoco es fácil hacer contraste de las propias opiniones con las de otros, quizás por temor a ser libres de las propias opiniones, muchas veces construidas sobre la base de lo inmediatista y superfluo.


Consignar e incorporar el concepto de la Unidad del Universo, ante la inmensidad de estímulos culturales, históricos, estéticos, tampoco parece ser tarea fácil.


Pero la verdad, es que no es fácil. No fue fácil la tarea de salir de Egipto (aún lo estamos haciendo). No hay camino corto en esta búsqueda de la Tierra Prometida. Y no lo hay, porque en realidad no es en la meta en donde está el premio. El premio está en la tarea de buscar esa meta.


La fórmula siempre estuvo allí, al alcance de la mano. "Lej lejá" ("sal para tí) le dice Di-s a Abram al ordenarle que salga del lugar donde vivía, de su cotidianeidad, de sus verdades absolutas, de su paisaje limitado. Hay otro mundo y debes descubrirlo, pero lo descubrirás en la medida que lo construyas...¡ésa es la tarea! ¡ésa es la meta!




Mijael Vera
www.anajnu.cl